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Sesgo de normalidad: por qué vas a pensar que son petardos

12 SEP 2026·10 MIN DE LECTURA

Sesgo de normalidad: por qué vas a pensar que son petardos

El sesgo de normalidad es la tendencia a leer una señal de peligro como algo sin importancia: «será un simulacro», «serán petardos». Y en grupo empeora. En el experimento clásico del humo (Latané y Darley, 1968), el 75% de las personas que estaban solas salió a avisar; con dos desconocidos al lado que no reaccionaban, solo el 10%. Se entrena en casa, sin gastar nada, preguntándote qué harías tú cada vez que ves una emergencia en las noticias.

¿Qué es el sesgo de normalidad?

Es lo que te vas a decir tú el día que empiece algo.

«Serán petardos de alguna fiesta.» «Estarán quemando rastrojos.» «Seguro que es un simulacro.»

Esas tres frases me las dio Juan Manuel Fernández Millán, psicólogo de emergencias del GIPEC de Melilla y autor de La mochila mental de 72 horas. Le hice seis preguntas por escrito, y la primera fue qué pasa en la cabeza de una persona normal cuando empieza una emergencia. Pasan dos cosas, y las dos tienen nombre:

  • Parálisis de análisis. «¿Eso es una sirena?, ¿he escuchado disparos?, ¿ese olor es a quemado?»
  • Sesgo de normalidad. La explicación cómoda que te das para que esa duda se vaya.

Primero dudas. Luego te tranquilizas tú solo con la explicación que menos te complica la tarde. Y mientras tanto se van los primeros minutos, que son los que valen.

En España lo vivimos todos a la vez el 28 de abril de 2025. A las 12:33 se fue la luz en toda la península… ¿y cuánta gente conoces cuyo primer gesto fue bajar a mirar el cuadro de luces, convencida de que era cosa de su casa? Yo lo vi en mis compañeros.

Nadie hizo el tonto ese día. La cabeza hizo lo que hace siempre que algo no encaja, que es buscar la explicación normal.

¿Por qué nos quedamos quietos cuando hay más gente?

Juan Manuel añadió un tercer mecanismo, y es el más fácil de ver en cualquier sitio con gente: «si estamos en grupo, tendemos a esperar a ver cómo reaccionan los demás. No voy a hacer el ridículo».

Esto está medido desde 1968. Dos psicólogos, Bibb Latané y John Darley, sentaron a unos estudiantes a rellenar un cuestionario en una sala por la que, al rato, empezaba a entrar humo por una rejilla. Lo único que cambiaba era quién más había en la sala:

  • Solos: el 75% salió a avisar, y la mitad lo hizo en menos de dos minutos.
  • Con dos personas al lado que seguían rellenando como si nada (eran del equipo del experimento): avisó el 10%.
  • En grupos de tres participantes de verdad: solo en el 38% de los grupos se levantó alguien.

Los que se quedaron sentados no eran más valientes. Miraron alrededor y, como nadie se movía, decidieron que aquello sería vapor. Todos mirándose y nadie moviéndose.

Y el caso que más me impresiona pasó en un edificio con megafonía, protocolos y responsables de seguridad. De esto hace ahora 25 años.

El 11 de septiembre de 2001, después de que el primer avión golpeara la Torre Norte, la megafonía de la Torre Sur avisó de que el incidente era en el otro edificio y de que la gente podía quedarse en su oficina o volver a ella. El informe oficial reconoce que ese consejo no correspondía a ningún protocolo escrito.

Morgan Stanley ocupaba más de veinte plantas de esa torre y sacó a su gente igualmente. Lo decidió su jefe de seguridad, Rick Rescorla, que desde el atentado de 1993 obligaba a toda la plantilla, directivos incluidos, a hacer un simulacro cada tres meses. De unas 2.700 personas de la empresa que trabajaban allí, murieron 13. Él fue una de ellas.

Cuando la megafonía les dijo que se quedaran, esa gente ya tenía otra respuesta ensayada. Habían bajado esas escaleras muchas veces antes de tener que bajarlas de verdad.

¿Es verdad que el 70% de la gente se bloquea?

Si buscas esto en internet vas a leer mucho que «el 70% de las personas tiene sesgo de normalidad». Yo no he encontrado de dónde sale esa cifra, y la he buscado.

Lo que sí existe, y se le parece, es el trabajo de John Leach, de la Universidad de Lancaster (2004). Estudió testimonios de supervivientes e informes oficiales de naufragios y accidentes de avión, y el reparto que describe es este:

  • Entre un 10 y un 15% mantiene la calma, entiende lo que pasa, hace un plan y actúa.
  • Alrededor del 75% se queda aturdido: razona peor, piensa despacio y se mueve en automático.
  • Otro 10 a 15% hace cosas que empeoran su situación.

Y ojo con cómo lo explica, que es lo más útil de todo esto. El bloqueo aparece cuando la cabeza busca una respuesta que no tiene preparada y no le da tiempo a montarla con el peligro delante. Por eso funciona entrenar: cuando llega el aviso, la respuesta ya está hecha.

¿Cómo se rompe el bloqueo en el momento?

Juan Manuel lo resume en cambiar una frase por otra, del «esto no me puede estar pasando a mí» al «qué ocurre y qué hago».

Y me dio una herramienta que no se me habría ocurrido en la vida: narrarlo en voz alta. Decir lo que está pasando, aunque estés solo. «Vale, huele a quemado. Viene del pasillo. Cojo las llaves y salgo.»

Suena raro, lo sé. Yo lo entiendo así: te obliga a ponerle nombre a lo que pasa y a elegir el paso siguiente, que es justo lo que el bloqueo no te deja hacer. Después, metas cortas. La puerta, el rellano, la calle.

Esta semana pruébalo con una tontería. La próxima vez que no encuentres las llaves: «vale, no están en el bolsillo, miro en la mesa». Te vas a sentir ridículo, y eso ya es entrenar.

A mí me pasa constantemente desde que me dedico a esto.

¿Se puede entrenar sin gastar un euro?

Le pregunté a Juan Manuel qué se puede entrenar en casa, sin cursos y sin dinero. Me contestó en una línea:

Cuando veas una noticia de una emergencia, pregúntate qué harías tú. Con tu casa, tu barrio y tu gente.

Es lo de Leach, dicho para gente normal: fabricar la respuesta en frío. Y es lo que hacía Rescorla con aquellas escaleras. Juan Manuel lo remata con una frase que me he quedado: «La peor de las preparaciones es mejor que la mejor de las improvisaciones.»

Lo que yo le añado: cuatro preguntas

Diez minutos de «pensar qué haría» se quedan en nada sin un orden. Coge la próxima noticia que te llame la atención y contesta esto:

  1. ¿Dónde estaría yo a esa hora? A la hora real a la que pasó, no a la que te viene bien.
  2. ¿Qué vería u oiría primero, y qué excusa me pondría? Ponle nombre a tu «serán petardos». Si la conoces, la cazas.
  3. ¿Qué haría en el primer minuto? Una frase, en voz alta, que empiece por un verbo.
  4. ¿A quién iría a buscar, y dónde hemos quedado? Si esta no tiene respuesta, ya tienes deberes para esta semana.

La cuarta es la que más importa, y el porqué viene ahora.

¿Por qué la gente vuelve a por los suyos aunque sea peligroso?

Esto es lo que más me marcó de todo lo que me contó Juan Manuel. Lo ha visto en terremotos, y también tiene nombre, la teoría de la afiliación:

«No piensas en salvarte, sino en reunirte con los tuyos, aunque ello conlleve un alto riesgo.»

Léelo otra vez, que es gordo. La cabeza no te pide sobrevivir. Te pide llegar hasta ellos, y por el camino te la juegas.

Lo he contrastado con Anthony Mawson, que en 2005 revisó décadas de estudios sobre pánico y desastres, y encaja. La estampida de película, cada uno a lo suyo, es mucho menos habitual de lo que se cree. Lo normal es buscar a los tuyos: tenerlos cerca calma, y no saber dónde están te empuja hacia ellos aunque el peligro esté en medio.

Y lo que lo desactiva es aburridísimo: un punto de encuentro acordado de antemano, y los críos sabiendo qué hacer. Si sabes dónde van a estar los tuyos, tienes muchos menos motivos para cruzar el peligro a buscarlos. Lo tienes paso a paso en cómo hacer el plan de emergencia familiar en una tarde.

Es lo mismo que llevo dos años repitiendo, y me lo confirmó él sin que yo se lo contara.

¿Y si el que se bloquea es otro?

Le pregunté también por una escena que me habían contado: la persona que grita encima de la víctima y ni ayuda ni deja ayudar. Quería saber si lo de darle una tarea era leyenda de gremio.

No lo es. Al que estorba se le da algo que hacer: que vaya a por agua, a por mantas, que espere a la ambulancia en la esquina para guiarla. En palabras de Juan Manuel, «convierte al curioso en un ayudante, en alguien que se sienta útil… y, de paso, que se aleje».

Funciona por lo mismo que todo lo demás: esa persona está bloqueada porque no sabe qué hacer, y tú le das la respuesta hecha.

Lo que está mal en los manuales (en el mío también)

Mi última pregunta era una trampa: qué está mal en los manuales de preparación, incluido el mío. Esto contestó:

«No sirve de nada comprar un manual de supervivencia, colocarlo en la estantería y esperar a que llegue el día en el que lo necesites: LLEGAS TARDE.»

Las mayúsculas son suyas. Y tiene razón: un PDF en la carpeta de descargas no prepara a nadie, tampoco el mío.

Si quieres empezar por algo, que sean las cuatro preguntas con la próxima noticia que veas. Y si la cuarta se queda sin respuesta, eso no se arregla comprando nada, sino con una conversación en la cocina y un papel en el armario.

Si quieres la parte de las cosas, tengo una checklist de la mochila 72H que te mando al correo. Y el orden entero para tu casa está en la Guía 72H. Pero ábrela el mismo día que la compres. Si sabes que no lo vas a hacer, no la compres.

Su libro es «La mochila mental de 72 horas: psicología de la supervivencia», por si quieres el tema entero. No me llevo nada, que conste.

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